Una dosis de emoción por personaje, que esto no es una radionovela —decía una profesora mía. 

Un shot de misterio: lo no dicho es la base del diálogo —decía otro profe, envuelto en una toalla, mientras garabateaba doodles en su libreta. 

El lenguaje tiene que ser creíble, Lili, tus personajes no salieron del Gigante como tú ni leyeron jamás a la Pizarnik. 

Los lugares comunes, por favor, dejémoslos en el teatro realista de los setenta, la poiesis sobre la utopía vaga del sueño común —dice mi compañero de cuarto, borracho, antes de irnos a clase (huelo el alcohol a tres metros de distancia).

Una obra al día hay que leerse, querida mía —dice nuestro dramaturgo multipremiado.  

Las mujeres no saben escribir teatro —les oigo rabiar en una esquina. 

Es que no hay obras de mujeres —dice el director que acaba de estrenar, por enésima vez, a Shakespeare. 

Acción, pura acción. El teatro es acción y hay que buscar verbos, me escribe con tinta verde mi tutor en la primera versión de mi tesis. 

Y todas esas recetas se quedan así frente a mi página —todos los que aseguraron escuchar las voces de sus personajes en fervientes noches de inspiración. 

¿De dónde vienen esas no voces?, pienso, ¿de la toalla en la cintura o de la tinta verde? 

Como si “la obra” se escribiese a golpe de recetas. 

Didascalias mínimas, corazón, que se rompa la cabeza el director, que para eso le pagan —dice mi amigo R, que no cree ni en el mismísimo Sófocles. 

Que los personajes no sufran, que no lloren, que no rían. Si acaso que se masturben, como el Hipólito de Sarah Kane. Esa sí era una dura —repite A—, y ella sí que se lo ha leído todo en esta vida.  

La verdadera anagnórisis es que todo arte es mentira y, por tanto, toda estructura, una falacia —dice Asaf Avidan, mi nuevo cantante favorito. 

Dando tecla en mi asientico con aire acondicionado de Miami escucho esas, otras, las mismas voces. Es que hoy por hoy pensar en una escena así con conflicto y didascalia da mucha pereza. Ya no quiero el dime que toma y el daca que te diré de los diálogos bien hechos. De todas formas, entre lo virtual y lo textual, las dramaturgas no somos invisibles, pero muy poco que nos montan y menos todavía lo que nos pagan. 

Una barista-dramaturga debe inventarse el café y el pan con ají, y preparar el suyo y también otro —que de artistas egoístas y machirulos estoy hasta el moño. Tomar de aquí y de allá y también del recuerdo de Ángela, la que servía el arroz en el comedor de la universidad, y escribir el primer monólogo cortado y la escena larga y el cuadro macchiato, y el final sin clímax, porque lamentablemente no todos los finales tienen clímax. Y ahora sí, ver la imagen, el momento justo en que la imagen espresso cuela y el personaje suelta su buen lagrimón, sale al escenario, y pide telón, y otro café con leche.

Lilianne Lugo Herrera (Cuba). Doctora en Estudios Literarios, Culturales y Lingüísticos por la Universidad de Miami, y Licenciada en Dramaturgia por la Universidad de las Artes, ISA, en La Habana. Obtuvo el Premio de Dramaturgia Virgilio Piñera 2010 por Museo, publicada por Alarcos en 2011, y una mención honorable en el V Premio de Teatro Latinoamericano George Woodyard por No hagas milagros por mí. Otros textos suyos se encuentran publicados en Cuba y Estados Unidos: “Entropía” , y “No hagas milagros por mí”. Como investigadora, sus ensayos han aparecido en los volúmenes The Palgrave Handbook of Theatre and Race, Reading Cuba, y en las revistas Valenciana, Gestos, y Anuario de Estudios Cervantinos. Actualmente trabaja como profesora en la Universidad de Miami.

PUBLICACIONES SIMILARES