Dano no ve nada. Los flashes de luz blanca y no ve nada. Desde sus dos metros de alto, más el metro y medio de la barra, Dano baila tanteando con los borceguíes y mira desde la altura del techo, más allá de la bola de espejos. Pero esos flashes que no paran, no ve nada; ¿y si justo ahora?, se pregunta, ¿y si Forfalcon justo ahora? Putea para adentro y cogotea, aunque sabe que no puede cogotear, que tiene que jugarla de callado. Pero de pronto y por suerte al Tararira se le da por dejarse de joder con esos flashes que vuelven loco a cualquiera y ya le tiene dicho que le complican la perfo. Y ahora, después de ese machaque, parece como si el Tararira quisiera hacerse amigo porque le larga una luz azul y Dano vuelve a ser la anguila transpirada de pectorales brillosos allá en lo alto, a cuatro metros del piso, sobre el mar de cabecitas que se sacuden en la pista. Dano vuelve a ser el bailoteo calentón y las chicas alzan los brazos hacia él. Sabe que el azul le viene bien, sobre todo, cuando le pega de lleno como ahora, los dorsales transpirados, se pone de costado y sabe que esto le remarca también los cuádriceps, su punto fuerte, aceitado, la luz azul, las chicas explotan. Es ahora, se dice, ahora, y en un meneadito, que sigue el ritmo, ondulando para abajo, de pronto está en cuclillas, estira la mano hacia esos dedos que se alargan hacia él y le tocan la punta de los dedos. Una mano se cierra sobre su mano y Dano primero tira para arriba, un poco apenas, para medir el peso de la chica, y cuando ya la tiene clara —el peso, la resistencia—, se acomoda como sabe, hace fuerza con los aductores y, en un mismo movimiento que es parte del baile, la caza de los omóplatos y sap, ya la tiene arriba, su compañera de baile, para alegría de las amigas que sacan celulares y apuntan y ya hay cantidad de fotos de la amiga y el stripper. Pero algo le acaba de salir mal, porque la chica quedó del lado equivocado. Están frente a frente sobre la barra muy larga y muy angosta. Dano sabe que tiene que pasar al otro lado y sabe que si no es ahora es nunca. Lo primero que hace es tomarla de la cintura: pasa una pierna, después la otra, y ya pasó, y todo sin perder el ritmo, y para mejor con esa delicia de luz verdosa que el Tararira sostiene sobre el ambiente espejado. Dano zapatea, planazos con los borceguíes sobre la barra, al ritmo; ahora no cogotea, ahora mira bien, desde el ángulo exacto, como se debe, tranquilo, de gamulina, como si viera nada y a la vez todo, por sobre el hombro de la chica, más allá de la pecera de la pared del fondo, más allá de la bola de espejos. Y lo que ve, sin dejar de bailar, es ese tragaluz que le permite espiar el guardarropas, donde Forfalcon gobierna a sus anchas, las patas sobre la mesa de fórmica, amo y señor de todas las tranzas. Dano respira aliviado, Forfalcon no se movió de su lugar en ese interminable minuto en que lo perdió de vista: Forfalcon no levantó las patas de la mesa. La chica se le prende al cuello y Dano planta todo el peso sobre los gemelos, parece que se atornillara a la barra porque se tira para atrás sin despegar los pies, la espalda arqueada totalmente, como si fuera de goma. El slip se le baja un poco y la chica acepta el juego, se zarandea, sabe moverse, Dano piensa: sabe. Se para, la agarra de las caderas, la hace girar por completo, sonríe de costado hacia la pista, ella se deja hacer. Pero el Tararira otra vez con su luz blanca… y para zafar del machaque alucinado que hace que todo sea un parpadeo inmanejable, Dano gira por completo, ahora están espalda con espalda y aprovecha para mirar allá lejos, para el lado de la puerta, donde Germondari, custodio de la entrada, está parado bajo el dintel como si fuera una columna. Desde esa lejanía, Germonadari estira el brazo y le hace una seña y Dano respira aliviado sin que lo vea el barman que tiene atrás, botón de Forfalcon, que por suerte está de espaldas. Dano lo ve por el espejo de la barra y aprovecha para hacerle a Germondari la seña que significa Forfalcon tranca, nada de nada, todavía nada, tranca. Todo eso le dice Dano a Germondari con ese pase de baile que queda tan bien bajo la luz azul; Dano y ese alzar de los dos brazos con meneo hacia abajo, y Germondari que lee la seña e interpreta. Un saltito con torsión de rotula y Dano gira en el aire, vuelve a estar de frente a la chica que ahora lo mira a los ojos, por primera vez, Dano le mira la cara. Es una muñequita de piel marrón y aparatos en los dientes, la boca abierta, moneditas de plata titilando en la luz verdosa, lo mira a los ojos y Dano le pregunta: ¿hasta dónde? Siempre lo pregunta antes de empezar y siempre respeta lo que la chica diga: Dano profesional, puro código; y ella hace el meneadito, un brazo alzado, el otro a tierra y mirándolo de costado, de frente a sus amigas, le dice: todo, de arriba todo, pero tapado, abajo un poco. ¿Cómo te llamás, bebé?, pregunta Dano, le copia el meneadito, y son un agitarse doble de cara a la pista, un bailoteo gemelo multiplicado por cuatro en los espejos de la barra. Sobre el mar de cabezas que saltan allá abajo, ella le dice Melina, me llamo Melina, y gira todo el cuerpo y siente ese cosquilleo que le viene cuando se deja hacer, esos dos sex on the beach, la mezcla, se dice, alta mezcla, la piña colada… Sí, de arriba todo, pero tapado, dice de nuevo, y, en realidad, no sabe si lo dice o si lo piensa, está que flota, Melina nube, Melina algodón. Melina se muerde el labio, Dano le acaba de pasar ese brazo que es una piedra, un garrote musculoso que le tantea la pancita, alto huacho, te venís conmigo, se agachan, Melina siente que esa manota se le sube por la panza, le sube y se deja, las amigas abajo, les muestra, a sus amigas y a todos los que miran, sobre todo, a Romina. Dano no se zarpa, la música la lleva y el manotazo le levanta la ropa, la piel al aire, se eriza toda, no por el frío, sino porque se siente desnuda frente a todos, les muestra a todos, a Romina, la mira de frente: probar, nada más, quería probarte, se lo dice, a los gritos, y como ya se lo dijo mil veces ahora se lo muestra. Lo tiene de frente a Dano, que le señala el corpiño, ¿vamos bien, bebé?, y ella se zarandea, una mano en la nuca, la otra en el hombro de Dano, le sigue el ritmo, se sacude y salta, le aprieta el hombro con las uñas, con fuerza, le quiere hacer doler, pero ese hombro es una piedra, duro, hinchado, atrás la pecera enorme, llena de agua, pescaditos de colores, Melina se pierde en el agua, las luces blancas le rebotan, la pecera, flashes, le gusta ver todo cortado, por un segundo lo ve a Dano y enseguida no lo ve, la pecera, el barman, no ve nada; él la da vuelta, se le pone atrás, la apoya, la muestra a los que bailan allá abajo; la apoya, pero no se zarpa, la sostiene, las manos sobre el corpiño, la tapa; desde allá abajo Romi le grita pero Melina no quiere escucharla porque le ve la cara toda roja, le ve el odio, las ganas de llorar: mejor así, mejor que te des cuenta, te quiero, pero no; y ahora siente la mano de Dano que le entra por atrás, que baja despacito pegada a la espalda entre el pantalón y la cintura, le toca el borde, y ahí se queda; la mano quieta, la otra mano en la panza, sobre el ombligo, y no se acuerda si le dijo abajo un poco, abajo todo, o abajo nada, pero esa mano se quedó quieta y entre el meneo que hacen los dos al ritmo, Melina le dice, abajo un poquito, un poco, arriba todo. La mano baja al botón del jean y lo desprende, un segundo, un muñequeo, Melina siente que el pantalón se afloja, Romi los brazos colgando, pura furia, le grita, ella no escucha, flota, la mano que se abre pegada al jean, la luz blanca de nuevo, Romi llorando, se va corriendo, sube la escalera; el jean se baja un poco, siente el aire en el borde de la cola, se da vuelta y lo mira a los ojos, Dano bombonazo, Dano alto huacho. Dano la mira un segundo, pero los flashes del Tararira y no ve nada, justo ahora, piensa, y se da cuenta, que el Tararira y Forfalcon, seguro entongados, porque la luz blanca justo ahora que Forfalcon… Dano la da vuelta, la vuelve a mostrar hacia la pista, necesita estar de frente, ver para el lado de la bola de espejos, el tragaluz, el guardarropa, y mierda la luz blanca, justo ahora, y Dano que aplaude y Melina que lo sigue y bate palmas, la seña para Germondari, que entiende: Forfalcon ya no tranca, atentos, atentos a la seña. Pero Melina tiene ganas de bailar, quiere mostrarse, enfila para la esquina de la barra y la perfo se complica; Dano la agarra del brazo, la alza en el aire y todo al ritmo; y ahora el Tararira por suerte larga esa luz anaranjada, en el espejo la ve a Melina que no entiende, ¿vamos bien, bebé?, y Melina no contesta, pero vuelve a relajarse, al ritmo, Dano le siente la pancita, es ahora, se dice, la que baje la escalera, siempre una piba, y la que baja está por la mitad, y Dano aprieta el brochecito y el corpiño se desprende, las manos de Melina atajan los breteles, se protege, y Dano hace la seña y Germondari entiende, planta la mirada en la escalera, es un segundo, es esta, piensa Dano, y con un movimiento al ritmo, un chicotazo, el corpiño de Melina se desprende, un segundo de viboreo sobre la luz anaranjada, flashes, gritos desde abajo, Germondari estudia la escalera, es un segundo y ya las manos que la cubren a Melina, Dano puro código; pero algo acaba de fallar, porque desde la escalera no baja una chica, sino dos: una, la cara toda roja, apurada, medio corriendo; la otra, más tranquila, más profesional. Pero cuál de las dos, cuál. Debe ser la segunda, piensa, porque parece tranquila, pero también piensa que semejante encargo pone nervioso a cualquiera, y Dano entiende que todo se complica porque Germondari también vio a dos, pero cuál de las dos. Dano la hace girar, quiere ver más claro, decidirse, Melina se pone el corpiño, se apoya sobre el pecho duro, lo aprieta, lo abraza, porque vio a Romina bajando la escalera y no quiere verla, no quiere que le grite, y Dano que estudia las caras: las chicas pasan frente a la barra y Dano mira y Melina que lo aprieta, no me sueltes; y justo el Tararira que suelta esa luz blanca y Dano no ve nada, los flashes de luz blanca y no ve nada.

Marcelo Guerrieri (Argentina). Es autor de las novelas Con esta luna y Farmacia (finalista del Premio Nueva Novela Página/12) y los libros de cuentos Árboles de tronco rojo (donde aparece “Dano no ve nada”), El ciclista serial (Premio Nueva Narrativa Sudaca Border) y Detective bonaerense (blognovela). Obtuvo las becas Creación y Formadores del Fondo Nacional de las Artes.

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